capitulo II

El ruido se intensifica y, definitivamente, no se asemeja al de un coche. Parece una tormenta.Los árboles tiemblan. La luna, cuya presencia había olvidado, ahora recordar el cielo. El pájaro que come gravilla ha desaparecido, las sombras de los árboles arañan las farolas que se inclinan aterrorizadas, el paisaje se hunde en el río y sus brumas. Reina el silencio. Y ese ruido de viento que empieza de nuevo a dar vueltas. Enormes. Todas las fuentes luminosas parecen debilitarse. Unas sombras avanzan desde el edificio del hospital, como ramas de árboles muertos hambrientos de luz. A lo lejos, en la carretera nacional, las faros de los coches han desaparecido. El ruido se intensifica como si abrieras las puertas de un tren que avanza a toda velocidad. Es la noche total. Incluso con ojos como platos, resulta imposible ver el menor residuo luminoso. Oigo crujidos me he sentido tan solo en mi vida. Silencio integral y oscuridad integral.

Nada

Me vuelvo.

El gigante debe de medir unos cuatro metros y medio. El busto y la cabeza tienen proporciones humanas; sin embargo, las piernas, en forma de acordeón, son increíblemente y sus brazos, muy delgados, arrastran por el suelo. Lleva puesto un redingote entallado que le hace parecerse a la sombra de una interminable sierra. Da la impresíon de que con su tamaño tapa la luz de toda la ciudad. Su rostro recuerda un poco al de un Robert Mitchum al que acabaran de despertar después de la muerte